lunes 19 de octubre de 2009

Festival de violaciones

Ganas no me faltan, pero tiempo sí. Bueno, en realidad, tiempo tampoco. Si tengo tiempo y ganas, ¿por qué no escribo aquí más a menudo? Recurrir una vez más a la frase “¡soy vago! (joder)” sería excesivo. Supongo que es cuestión de disciplina. Sé que un blog es un hobby y no una obligación, pero no sólo hay que ser disciplinado con aquello que no nos gusta. Si algo te gusta… ¡ponte a ello coño! A veces me pasa lo mismo con la literatura o incluso con el cine.
En estos últimos dos meses no he parado quieto: impartí un taller de cine en la isla de El Hierro, fui a Girona a grabar un documental para el museo de la confitura de Georgina Regàs, encontré piso en Madrid y estuve en el Festival de San Sebastián. Sí, un año más me he dado el lujo de asistir al Festival de Cine. Ya es un ritual. ¿Empezar un nuevo curso sin antes haber pasado por Donosti? Es una forma de llenarme de ilusión y creer que el llegar a vivir algún día de este arte tan maravilloso es posible.
Veía una media de cinco películas al día; los festivales pueden llegar a ser una óptica que distorsionan y confunden. A veces ves películas que te aburren soberanamente y cuando las vuelves a ver unos meses más tarde te parecen una obra maestra. Claro, la segunda vez que la visionas te dispones a dejarte llevar y no estás pensando en cual será la siguiente película del horario.
También ocurre lo contrario; películas que cuando las ves en el festival te entusiasman y al volver a verlas en salas comerciales te dejan frío. Se proyectó fuera de concurso un documental -fantástico- de Michael Winterbottom y Mat Whitecross: The shock doctrine. En un momento del documental hablan de como en Guantánamo aíslan completamente a los presos para desorientarles y hacerles perder la noción del tiempo. Algo parecido ocurre en el Zinemaldia, tras dos o tres días no recuerdas cuando llegaste o cuantas películas has visto, entras en una agradable rutina.
Acabó el festival y me prometí no volver a entrar en una sala de cine por mucho tiempo. Evidentemente rompí la promesa; pero fue con Rec 2, una película completamente distinta a las del festival. De cuarenta películas que pude ver, treinta y cinco eran tragedias, y veinte incluían violaciones. Borja Cobeaga escribía el otro día que le parecía una formula: “si quieres ir a festivales y ganar premios, somete a tus personajes a las peores desgracias”.
No tengo nada en contra de los dramas. No hay nada mejor que un drama bien hecho -pude ver algunos excelentes como Together o This is love-, pero en esta edición he visto películas que resultaban aburridas e incluso causaban risa en los momentos más “conmovedores”. Tras hora y media de desgracia y tragedia te has quedado completamente insensibilizado. Ocurre igual que con los antibióticos, si abusas de ellos te dejan de hacer efecto.



Fotograma de Together.

Una niña negra obesa, que la madre la pega, el padre la viola, no sabe leer, tiene dos hijos, no tiene dinero para comer… Hasta el más desgraciado sale del cine feliz y contento de tener la vida que tiene. Esa insistencia injustificada en el dolor llega a resultar irrespetuosa con el espectador. Esa misma historia de la niña obesa podría haberse contado de otra forma, y sobre todo, sin un final feliz tan poco creíble; aprende a leer, manda a su madre a la mierda, el padre que la violaba muere de sida, y comienza una nueva vida con sus dos niños.
El contrapunto sería la fantástica La mujer sin piano de Javier Rebollo, ganadora de la concha de plata a la mejor dirección. A pesar de que aparentemente no cuente nada –aunque no se lo crean no hay ni violaciones, ni muertes- cuenta mucho más que la película de la niña gorda. Es el retrato en 24 horas, doméstico, laboral y sexual de un ama de casa en Madrid. Al igual que en Lo que sé de Lola, Rebollo nos ha demostrado que no hace falta contar historias tremendistas para emocionar al espectador, que la vida corriente es mucho más interesante de lo que parece.
El cine es mentira. Nada de lo que vemos en la pantalla es real. Si nos creemos la historia, por inverosímil que sea, habrá merecido la pena. Sin embargo, si no nos la creemos, habrá sido un fracaso. Lamentablemente han sido pocas las películas que me he creído en esta última edición.

Lo mejor del festival:
La mujer sin piano, Mother and child, Das weisse band, Los condenados, Yo también, This is love, Together y The shock doctrine.





3 comentarios:

Bàrbara dijo...

Por qué pones esa letra tan fea?

A pesar de ello, eres el mejor Diego!

Eugenia dijo...

A las cegatas nos cuesta un poco leer con el fondo negro y el tipo de letra. Pero me gustó mucho el contenido. Lo suscribo,menos en lo de "La mujer sin piano". Yo ya he visto muchas más pelis que tú, por lo menps 7 u 8.

Iván López dijo...

la letra esta bien la new courier tipo guión. Je je. Hola Diego, por aquí estoy Iván. Buen Blog...

;-)